Comienzo
este nuevo blog con Daphne Guinness, por supuesto. ¿Cómo podía ser de otra
manera? Vivimos en cuarentena, hay una epidemia pandémica o como sea que se
llame la plaga bíblica que estamos viviendo, la economía colapsa, hasta los
gobiernos más liberales imponen reglas que ni siquiera Kim Jong Un se hubiera
atrevido a aplicar hace un mes, y, al menos en Estados Unidos, es imposible
encontrar papel higiénico.
¿Qué
hacer en una situación como esta? Buscar la luz en los mas iluminados, y si de
iluminados se trata, Daphne, nuestra querida Daphne, es una ampolleta de 6000
megawatts montada en tacos de 25 centímetros; un faro que indica el camino a
seguir.
Su
sabiduría, claro, va mucho más allá de los actuales cataclismos. Su vida entera
ha sido una carrera de obstáculos, aunque ha estado siempre protegida por una
delicada capa hidratante de dinero, clase y privilegio que ha hecho las cosas
mucho mas digeribles.
Partamos
por el principio, que es como deben partir siempre estas historias.
Daphne
es hija del Barón Jonathan Guinness y su segunda mujer, Suzanne Lisney. Su
abuela Diana era de una de las fabulosas hermanas Mitford (si no sabe quienes
son, abandone de inmediato este blog, edúquese, y vuelva cuando haya aprendido
los básicos), que después de separarse del abuelo de Daphne, Bryan Guinness, se
casó con Sir Oswald Mosley, quien aparte de ser un distinguido barón, era
también un recalcitrante fascista, líder de la Unión Británica del Fascismo.
Daphne
nunca se enteró de este último detalle. O al menos eso dijo en una entrevista
con la BBC poco después de la muerte de su padrastro. Quizás, como hubiera
hecho cualquiera en su lugar, lo bloqueó de su mente. En cambio, se enfocó en
aspectos mas amables de su niñez y adolescencia, como las casas de campo en Inglaterra
e Irlanda donde pasó largo tiempo, o sus alegres veranos en otra de las
propiedades familiares: un ex monasterio del siglo 18 en Cadaqués donde tenía
como vecinos a Dalí y Man Ray.
Cualquiera
que vea una foto de Daphne en su juventud, no la reconocerá. Ahí está, por
ejemplo, a los 19, contrayendo matrimonio con Spyros Niarchos, heredero de la
fortuna naviera griega, megamultitrillonario, y 12 años mayor que ella. En las imágenes de la ceremonia ella se ve
como el tipo de mujer que los ingleses, con increíble generosidad e irrefutable
patriotismo, llaman “english rose”: pálida, de aspecto modesto, y algo tímida,
como la prima aburrida de la princesa Diana.
Lo
que vino hacia adelante fue un martirio de viajes entre las numerosas casas de
la pareja- New York, St. Moritz, las islas griegas- a menudo en el jet privado
o el gigantesco yate de Spyros, seguidos por un ejército de mayordomos,
asistentes, mucamas y guardaespaldas. En un artículo en W, una de las amigas de
Daphne describió su vida entonces como “una jaula Farbergé”.
Podría
ser peor, pensará usted.
Y
claro que fue peor, porque el griego la trató como una pertenencia, un objeto
de lujo, una Barbie de edición limitada, mostrándose posesivo y violentamente
celoso. Así como los libros fueron su
escapatoria en su niñez, Daphne encontró cierto consuelo en la ropa. “Compre
montones”, reconoció en W.
En
1999 llegó inevitablemente el divorcio, y Daphne abandonó la jaula Fabergé con
tres niños, 40 millones de dólares y un envidiable closet que apenas cupo en su
nueva casa de 800 metros cuadrados en Londres.
De
ahí en adelante vivió una impresionante transformación. Su estilo se fue
haciendo cada vez más dramático y exagerado, en parte gracias a la colaboración
de dos extraordinarios creadores, Alexander McQueen y el sombrerero Philip
Treacy, y la influencia de su buena amiga, la excéntrica aristócrata y
estilista Isabella Blow.
Su
melena rubia se convirtió en bouffant en blanco y negro, mitad novia de
Frankestein mitad Cruella DeVil, sus hombreras llegaron al tamaño de puertas de
la regencia, y sus pies desaparecieron en zapatos de McQueen que desafiaron
toda ley de gravedad.
]Hubo
colaboraciones de David LaChapelle y Steven Klein, un par de grabaciones
musicales, campañas publicitarias, y una serie de performances artísticas entre
las que se incluyó, en mayo del 2011, su aparición en las vitrinas de Barneys
New York mientras se vestía para la gala del MET, a la que partió luego a bordo
de un descapotable subiendo por Madison Avenue.
Según
dice, la gente tiene una percepción distorsionada de quien es ella, la imagen
no es lo mismo que la realidad. Pero la realidad tampoco tiene mayor
importancia para ella. Lo importante es el arte, y los artistas, asegura Daphne,
son capaces de crear su propia realidad.
BONUS TRACK: Mi video de la exhibicion de la coleccion de alta costura de Daphne en el Fashion Institute of Technology in 2011





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